Municipio de Mulegé, BCS.- Para llegar a la Sierra de San Francisco tuvimos que
recorrer 627 kilómetros de la carretera Transpeninsular, desde La Paz hasta a San Ignacio, y posteriormente 80 km adicionales rumbo al Vizcaíno, adentrarnos en un camino al rancho San Francisco de
la Sierra, en cuyas inmediaciones comienza la zona de las cuevas rupestres.
El sol sudcaliforniano no perdona, pero en las entrañas de
la Sierra de San Francisco, el calor se transforma en piedra y pigmento, subir
por estas laderas es un ejercicio de humildad frente al tiempo.
La caminata comienza y avanzamos mientras pisamos grava
volcánica, y nos vamos adentrando en territorio que la UNESCO reconoció como
Patrimonio de la Humanidad en 1993, y que resguarda uno de los tesoros
arqueológicos más impresionantes del continente.
A medida que el sendero se estrecha, aparece la Cueva del
Ratón, que en realidad no es una caverna profunda, sino un abrigo rocoso que
parece abrazarte, pero levantas la vista y el impacto es inmediato: figuras
monumentales de venados, borregos cimarrones y humanos bicolor —rojo y negro—
dominan el techo de piedra.
El nombre “El Ratón” pertenecía originalmente a un asno que con esa referencia era conocida por los lugareños. Por lo general este animal finalizaba su ramoneo refugiándose en el interior de esta cueva en donde se protegía de las inclemencias del clima serrano, de tal manera que cuando se ausentaba y alguien preguntaba “¿dónde está El Ratón?” la respuesta siempre era la misma: “en la cueva”, de ahí su nombre Cueva del Ratón.
Aquí, a más de mil metros sobre el nivel del mar, el mural se extiende por casi doce metros de longitud, pero lo que cautiva al visitante no es solo la técnica sino la presencia de un puma de proporciones casi místicas que parece custodiar a los personajes humanos. Estos "monigotes", pintados con una división vertical simétrica en rojo y negro, poseen una rigidez ceremonial que contrasta con la fluidez de los venados que los rodean y que, por cierto, los arqueólogos consideran que no solo eran lugares de refugio, sino un espacio de cohesión social donde los antiguos habitantes reafirmaban su vínculo con el entorno y sus deidades.
El viaje continúa hacia las profundidades del cañón, donde el tiempo parece haberse detenido hace siete milenios, los pigmentos, obtenidos de minerales locales y aglutinados con savia de cactáceas, han resistido la erosión con una terquedad asombrosa. La técnica del sombreado y el dinamismo de las escenas de caza revelan una sofisticación técnica que rompe con la idea simplista de las culturas nómadas, pues los primeros pobladores no eran solo cazadores, sino observadores meticulosos del cosmos y de la vida silvestre que los rodeaba en este desierto implacable.
San Borjitas: El manuscrito en piedra con 7,500 años de
antiguedad
Al paso de las horas, el viaje se torna más agreste, como si el
desierto quisiera proteger un secreto más antiguo. San Borjita y la Pintada, se localiza a unos cuantos metros del camino, casi al llegar a la comunidad de San Francisco, desde donde salen las diferentes expediciones de visitantes que se aventuran a visitar algunos de los sitios que se localizan en el fondo de los cañones y cañadas de esta sierra.
Si en otros sitios domina el orden, San Borjitas es un caos
sagrado. Aquí, la bóveda de treinta metros presenta una explosión de figuras
que se enciman unas sobre otras en un proceso de siglos.
Este sitio ostenta un título impresionante: las pruebas de
carbono 14 indican que algunas de estas pinturas tienen hasta 7 mil 500 años de
antigüedad, lo que las sitúa entre las manifestaciones artísticas más longevas
de toda América.
Por otra parte, lo que hace que San Borjitas sea
verdaderamente inquietante es la narrativa de sus figuras humanas, pues a
diferencia del misticismo pacífico de otros sitios, aquí muchos de los
personajes aparecen atravesados por flechas.
Este detalle ha generado intensos debates entre
historiadores; algunos ven en ello la crónica de antiguos conflictos
territoriales, mientras que otros sugieren ritos de "caza simbólica"
del alma o ceremonias de pasaje., así como el realismo de las ballenas y peces
que también decoran el techo recuerda que, aunque estemos en la montaña, el mar
siempre fue el horizonte mental de estos creadores.
Al observar estas paredes, se entiende que no estamos ante
simples dibujos, sino ante una enciclopedia de piedra que registra el miedo, el
triunfo y la cosmogonía de una humanidad que dominó el desierto mucho antes de
que nosotros aprendiéramos a nombrarlo.
La historia nos revela que estas hermosas obras de arte
pertenecen al estilo Gran Mural, (tradición pictórica de hace miles de años) y
cuyos primeros registros europeos datan del siglo XVIII, cuando los misioneros
jesuitas comenzaron a documentar su existencia.
Destaca la labor del padre José Mariano Rothea, quien entre
1759 y 1768, mientras atendía la misión de San Ignacio, recorrió la sierra y
desenterró restos humanos de gran estatura, alimentando el misterio sobre los
autores de estas obras.
Rothea escuchó de sus feligreses leyendas sobre una raza de
gigantes venidos del norte que, huyendo de antiguos conflictos, se refugiaron
en las sierras de San Borja y San Francisco. Según la tradición oral, los
cochimíes que ocupaban la región al llegar los españoles no eran descendientes
de estos pintores; los antiguos artistas simplemente desaparecieron, dejando
como único rastro su recuerdo impreso en la piedra.
Esta leyenda cautivó siglos después a exploradores como León
Diguet, quien en 1895 publicó el primer informe formal acompañado de dibujos y
fotografías, revelando al mundo la sofisticación de estas figuras que parecen
saludar desde un pasado remoto. Hoy, al observar estas paredes, se entiende que
no estamos ante simples dibujos, sino ante una enciclopedia de piedra que
registra el miedo y el triunfo de una humanidad que dominó el desierto mucho
antes de que aprendiéramos a nombrarlo.
Al caer la tarde, el ocre de las pinturas se funde con el
atardecer y el cansancio nos hace retirarnos para dejar atrás un santuario de
la memoria colectiva.
No salimos de estas cuevas siendo los mismos; la mirada se
queda prendida de esas manos alzadas en la piedra, que parecen saludar desde un
pasado remoto para recordarnos que el arte fue, es y será nuestra forma más
honesta de decir que estuvimos aquí.
La visita a las pinturas rupestres de Baja California Sur es
un recordatorio de que existen aún lugares donde el silencio no es ausencia de
sonido, sino eco de civilizaciones que ya desaparecieron, pero se niegan a ser
olvidadas.
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