¿Depredador o compañero de juegos? La delgada línea roja del nado con Orcas

 


La Paz, BCS. - En El Sargento y La Ventana, al sur del municipio, ha comenzado a consolidarse una nueva actividad turística que se suma al ya conocido kitesurf: nadar con orcas en las aguas del Mar de Cortés, propuesta que resulta tan seductora como polémica, pues consiste en lanzarse al mar con la esperanza de tener un encuentro cercano con una de las especies más inteligentes y depredadoras del océano.

La experiencia te la venden como una actividad muy segura y casi mágica, pero detrás de esa emoción, también se abre un debate sobre sus implicaciones éticas, ecológicas y sociales.

Desde el punto de vista de la seguridad, el argumento que respalda esta actividad es básicamente que “no hay ningún registro de ataques mortales de orcas a humanos en mar abierto”, dato respaldado además por décadas de observación científica, que le permitieron a autoridades ambientales presentar la actividad como una experiencia de bajo riesgo. Pero, ojo, se trata del mismo animal capaz de cazar tiburones blancos o coordinar ataques contra ballenas jorobadas, lo que alimenta aún más la idea de un depredador que, por alguna razón, no considera al ser humano como parte de su dieta alimenticia.

En este contexto, Baja California Sur es, desde agosto del 2025, el primer estado de la república mexicana en regular formalmente la observación y el nado con orcas en la región de La Ventana y la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) confirmó que ha otorgado hasta ahora un total de 61 permisos para desarrollar la actividad, acompañados de un plan de manejo y capacitaciones periódicas para los prestadores de servicios.

Las autoridades sostienen que la regulación busca ordenar una práctica que ya se realizaba desde hace años de manera informal y que representa una fuente de ingresos importante para las comunidades costeras.

Sin embargo, la regulación no resuelve por completo las tensiones que rodean a esta forma de turismo, una vez que la aparente seguridad del encuentro puede llevar a subestimar la naturaleza real del animal.

Todos sabemos que las orcas poseen una fuerza colosal y una compleja estructura social; un solo movimiento defensivo de un ejemplar que pesa varias toneladas podría resultar letal para un nadador. La seguridad, en realidad, depende menos de la supuesta docilidad del animal y más del comportamiento humano: mantener distancia, evitar rodear a los grupos familiares y comprender las señales de estrés o incomodidad del animal.

Más allá del riesgo físico, la discusión más profunda gira en torno al bienestar de las propias orcas, pues basta recordar que diversos estudios sobre turismo de fauna marina han demostrado que la presencia constante de embarcaciones y nadadores puede generar estrés significativo en los animales.

En playas de las comunidades de El Sargento y La Ventana, las orcas no residen permanentemente; ellas solo suelen venir de paso mientras persiguen la ruta por la que migran miles de mantarayas, una de sus principales presas. Cuando varias lanchas se aproximan simultáneamente a un grupo familiar, la dinámica natural puede alterarse: se interrumpen patrones de caza, periodos de descanso y sistemas de comunicación acústica.

 Este estrés de la Orca no es la única preocupación, pues los expertos en el tema deben analizar profundamente los cambios fisiológicos del animal, sus modificaciones de comportamiento, las  inmersiones más prolongadas y las desviaciones de ruta o abandono de zonas clave de alimentación, pues estas alteraciones podrían afectar la frecuencia con la que las orcas utilizan estas aguas, lo que pondría en riesgo tanto su bienestar como la factibilidad turística de nadar con ellas.

El problema se vuelve más complejo cuando se considera que la regulación del nado con orcas aún es incipiente en comparación con otras actividades similares, como el avistamiento de tiburón ballena en la bahía de La Paz y por ello, el futuro de esta actividad en Baja California Sur dependerá de reconocer un principio básico: el mar no es un parque temático.

La fascinación por nadar junto a uno de los depredadores más inteligentes del planeta es comprensible e incluso puede convertirse en una experiencia única para quienes la viven, sin embargo, la sustentabilidad de esta práctica exige pasar de la constante persecución a una cultura de observación respetuosa.

La verdadera medida del éxito de este tipo de actividad turística no debería ser la cantidad de encuentros cercanos ni las fotografías espectaculares que puedan tomarse, sino la capacidad de garantizar que las orcas continúen visitando estas aguas sin que nuestras costas se conviertan en un escenario de presión constante.

La convivencia entre humanos y fauna salvaje es posible, pero solo cuando se acepta una premisa fundamental: en el océano, las reglas las dictan los animales y nosotros solo somos espectadores y visitantes temporales.

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