Por Alejandro Morales
A quienes nos gusta viajar por carretera, nos llega una edad
en la que no solo pensamos en recorrer kilómetros de asfalto y terracería, sino
también transitar por nuestras reflexiones y comprender que todo camino es tan
importante como el destino.
Tengo años viviendo en la frontera con los Estados Unidos,
en Mexicali, Baja California, y un día, tuve la oportunidad de conocer a una
persona originaria de Guerrero Negro. En nuestra charla, cada quien hizo un
resumen de su tierra, y fue tan ilustrativa, que me convenció en ir a visitar
su lugar natal.
Sin pensarlo, el llegar el fin de semana, subí a mi fiel
Nissan de 4 cilindros y encendí el motor. No tenía prisa, ni buscaba velocidad,
buscaba horizonte.
Salí de Mexicali con el tanque lleno y el espíritu ligero,
la carretera hacia San Felipe es una vieja conocida de todos los cachanillas,
una línea recta que corta el desierto. Dos horas después, estaba desayunando
frente al malecón, viendo cómo el Mar de Cortés se pintaba de un azul intenso
bajo el sol de la mañana.
Al pasar Puertecitos, el paisaje se vuelve agreste y
hermoso, mi auto se portó a la altura, sorteando las ondulaciones de la
carretera que ahora está pavimentada, pero que aún conserva ese aire de
frontera indómita. Al llegar a San Luis Gonzaga, me detuve a contemplar la
bahía. El silencio ahí es distinto; es un silencio que te permite escuchar tus
propios pensamientos. Es el lugar donde el desierto se rinde ante el mar.
Seguí hacia el sur, cruzando la zona de Laguna Chapala,
donde la tierra se vuelve seca y blanca, un espejo de polvo que parece de otro
planeta. Finalmente, alcancé el entronque con la Carretera Transpeninsular, el
tráfico aumentó un poco, pero la emoción de cruzar el paralelo 28 me mantenía
alerta.
Llegar a Guerrero Negro es cruzar una frontera invisible
pero tangible. El aire se vuelve más fresco y húmedo; el olor a sal lo inunda
todo.
Y debo reconocer que luego de recorrer la nada, no me había
preparado para el silencio blanco de este poblado. No me topé con un paraíso
tropical de las postales, sino con un pueblo austero y resiliente. Lo que para
muchos es una parada técnica de combustible, para mi fue el descubrimiento de un
paisaje surrealista.
El contraste fue lo que me rompió la cabeza, vienes de ver
piedras rojas y cactus verdes durante diez horas, y de pronto, el mundo se
vuelve blanco. No es nieve, es sal. No es desierto, es un océano que se evaporó
y dejó su alma ahí tirada.
Lo que alguna vez fue un asentamiento puramente industrial,
hoy puedo decir que es la consolidación del epicentro turístico de naturaleza y
conservación en México.
Febrero marca el punto más alto de la temporada 2025-2026,
los reportes del "ballenómetro" local en la Laguna Ojo de Liebre
alberga cientos de ejemplares de ballena gris (Eschrichtius robustus).
Este año, el arribo temprano en diciembre permitió que, para
mediados de este mes, los nacimientos de ballenatos estén en su apogeo. Es una
experiencia mística. No es solo verlas, aquí lo fantástico es que ellas deciden
acercarse.
El día pasó rápidamente, era hora de ir a descansar.
La mañana fue muy fría, los vientos del pacífico helaban los
huesos, pero estaba listo para embarcar en una panga hacia la Laguna Ojo de
Liebre. El guía, un hombre de manos callosas era Don Toño, le dijo que tuviera
paciencia. No la necesitó.
Apenas a diez minutos de la orilla, una mancha gris del
tamaño de un autobús escolar emergió junto a la embarcación. Quedé paralizado.
Esta no era una observación a distancia; era un encuentro.
"Sentí su aliento caliente, un rocío salado que me
golpeó la cara antes de que ella hundiera el hocico bajo la panga, fue como si
la Tierra misma decidiera salir a saludarme. Durante las siguientes tres horas,
Terry documentó el milagro de la maternidad animal. Vio a los ballenatos
—pequeños gigantes de apenas un par de toneladas— impulsados por sus madres
para que los turistas los tocaran. Para Terry, ese contacto piel con piel (una
textura que describió como "caucho húmedo y antiguo") fue el punto de
inflexión de todo su viaje.
En Guerrero Negro, el concepto de 'avistamiento' se queda corto; es un contacto humano-animal sin paralelos", no es un destino de resorts de lujo o vida nocturna agitada, es un simple recordatorio de la majestuosidad de la vida silvestre y la tenacidad de una comunidad que vive entre la sal y el mar, es "Turismo Consciente" que busca una derrama económica que beneficie directamente a los operadores locales, quienes han sido los guardianes de este ecosistema por décadas.
Pero más allá de los gigantes marinos, este lugar es hogar
de la Exportadora de Sal (ESSA), un sitio donde los tours han cobrado un nuevo
auge, atrayendo a fotógrafos y viajeros curiosos por los paisajes surrealistas
de las montañas de sal blanca que contrastan con el cielo azul profundo. El recorrido
permite observar en vasos de evaporación, kilómetros de lagunas artificiales de
colores rosados y turquesas. El Puerto de Chaparrito es donde los barcos
cargueros inician su travesía hacia Japón y otros puntos del globo, pero quizás
lo más impresionante del lugar es la colosal maquinaria, donde gigantescos
camiones de carga parecen haber salido de una película de ciencia ficción.
Si bien las ballenas son las protagonistas, la
diversificación turística es la apuesta de este año. Con más de 400 especies
registradas, los humedales son un paraíso para los observadores de aves,
especialmente para ver al águila pescadora en sus nidos sobre los postes de luz
del pueblo. Un mar de arena blanca, de dunas repletas de soledad ideales para
el senderismo contemplativo y la fotografía de paisaje.
Después de tres días en Guerrero Negro, sentí que mi Nissan
ya no era un vehículo, sino una cápsula de tiempo. La sal se había incrustado
en las bisagras de las puertas y en los pliegues de su memoria.
Para volver a Mexicali, decidí no repetir el camino. Quería
cerrar el círculo recorriendo la espina dorsal de la península.
Desandé el camino hasta Laguna Chapala, pero esta vez
continué hacia el norte. Entré en Cataviña, el Valle de los Gigantes. Es un
jardín botánico natural: cirios que parecen dedos apuntando al cielo y enormes
rocas de granito que parecen puestas ahí por gigantes traviesos.
Pasé por El Rosario, donde el olor a langosta y comida
casera me obligó a hacer una parada técnica. Mi auto de 4 cilindros seguía rindiendo,
ahorrando combustible mientras yo ganaba memorias. En San Quintín, los campos
de cultivo y la brisa del Pacífico me dieron la bienvenida a una zona de
trabajo y abundancia.
El tramo hacia Ensenada fue un espectáculo de acantilados y
vistas al océano. Tras una breve parada para disfrutar del bullicio del puerto,
enfilé hacia la última etapa: la Ruta del Vino y la subida hacia Tecate.
La carretera de Tecate es sinuosa y exige atención,
especialmente en un auto pequeño, pero la vista de los viñedos y luego las
montañas de piedra de "La Rumorosa" son el preámbulo perfecto para el
regreso.
Finalmente, tras más de 1,700 kilómetros de aventura, las
luces de Mexicali aparecieron en el horizonte, marcando el fin de un viaje que
cambió mi percepción de la península.
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