La mañana de ayer, 2 de agosto de 2026, un sismo de magnitud
5.1 sacudió el mar frente a las costas de Loreto, Baja California Sur. El
movimiento fue percibido por habitantes de distintas comunidades de la zona
norte del estado y volvió a despertar una pregunta recurrente: ¿tiene algo que
ver con la famosa Falla de San Andrés?
La respuesta es sí, pero con un matiz fundamental: El
terremoto no fue provocado directamente por la Falla de San Andrés, sino
por el sistema tectónico activo del Golfo de California, sin embargo, ambos
forman parte del mismo límite geológico donde interactúan las placas del
Pacífico y Norteamérica, un gigantesco engranaje que desde hace millones de
años continúa transformando el paisaje del noroeste de México.
Cuando se habla de la Falla de San Andrés, la mayoría
imagina la larga fractura que atraviesa California y que ha dado origen a
algunos de los terremotos más importantes de Estados Unidos, pero para los
geólogos, San Andrés no es una estructura aislada sino una pieza de un sistema
tectónico mucho más amplio que no se detiene en la frontera entre ambos
países.
De acuerdo con el Servicio Geológico de Estados Unidos
(USGS), la Falla de San Andrés se extiende alrededor de 1,300 kilómetros a
través de California y constituye el principal límite entre las placas del
Pacífico y Norteamérica, allí, la placa del Pacífico se desplaza hacia el
noroeste respecto a la Norteamericana a una velocidad promedio de entre cuatro
y cinco centímetros por año, aproximadamente lo que crecen las uñas de una
persona en ese mismo periodo.
Aunque parece un movimiento insignificante, la energía
acumulada durante décadas o siglos termina liberándose de forma repentina en
terremotos. Al cruzar hacia México, ese movimiento no desaparece. Lo que
cambia es la forma en que la Tierra acomoda la tensión. En lugar de
concentrarse en una sola gran falla, como ocurre en California, la deformación
se reparte entre numerosas fallas activas y centros de expansión del fondo
marino que recorren el Golfo de California, y eso es precisamente este sistema
el que origina la mayor parte de los sismos registrados en Baja California y
Baja California Sur.
Esa diferencia es importante. Los especialistas del Servicio
Sismológico Nacional (SSN) y del Centro de Investigación Científica y de
Educación Superior de Ensenada (CICESE) explican que Baja California Sur no
se encuentra sobre la traza principal de la Falla de San Andrés, pero sí
forma parte del mismo contexto tectónico, por lo que la actividad sísmica es
una característica natural de la región.
Las estaciones de monitoreo sísmico instaladas en el
noroeste del país registran todos los días pequeños movimientos que, en la
mayoría de los casos, pasan inadvertidos para la población. De manera
ocasional ocurren sismos de mayor magnitud, como el registrado frente a Loreto,
resultado del desplazamiento continuo entre las placas tectónicas bajo el Golfo
de California.
Este proceso también explica un fenómeno poco conocido fuera
del ámbito científico: la península de Baja California se está desplazando
lentamente hacia el noroeste junto con la placa del Pacífico. Las
mediciones satelitales realizadas por investigadores del CICESE y otras
instituciones muestran que ese movimiento alcanza entre cuatro y cinco
centímetros por año. A escala humana parece imperceptible, pero en millones de
años ha sido suficiente para modificar la geografía del occidente de México y
abrir el Golfo de California.
La enorme atención que recibe la Falla de San Andrés también
ha dado origen al famoso concepto del "Big One", el supuesto
gran terremoto que muchos consideran inevitable. Sin embargo, el USGS insiste
en que este término no corresponde a un evento específico ni significa que
exista un gran sismo anunciado. Los científicos saben dónde se acumula la
tensión y pueden estimar probabilidades a largo plazo, pero nadie puede
predecir con precisión cuándo ocurrirá un terremoto.
Durante las últimas décadas, equipos del USGS, el Southern
California Earthquake Center (SCEC), el CICESE, el Servicio Sismológico
Nacional y universidades como Caltech, Stanford y la Universidad de California
han desarrollado modelos cada vez más precisos para comprender el
comportamiento de este complejo sistema tectónico. Sus investigaciones,
respaldadas por publicaciones revisadas por pares en revistas como Journal
of Geophysical Research, Science y el Bulletin of the
Seismological Society of America, han permitido mejorar los mapas de
peligro sísmico, fortalecer los reglamentos de construcción y perfeccionar los
planes de Protección Civil.
Para Baja California Sur, la conclusión es clara. La entidad comparte con California el mismo motor geológico: el movimiento permanente entre las placas del Pacífico y Norteamérica.
No obstante, los terremotos que se registran en el estado
provienen principalmente del sistema de fallas del Golfo de California y no de
una ruptura directa de la Falla de San Andrés.
Cada sismo recuerda que la península forma parte de un
territorio en constante transformación. Bajo el Mar de Cortés, la corteza
terrestre continúa desplazándose centímetro a centímetro, acumulando y
liberando energía como lo ha hecho durante millones de años. Esa
realidad no debe alimentar el miedo, sino fortalecer la preparación. La
ciencia coincide en un punto esencial: los terremotos aún no pueden predecirse,
pero comprender cómo se originan y mantener una cultura permanente de
prevención sigue siendo la mejor herramienta para reducir riesgos y proteger
vidas.
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